sábado, 19 de septiembre de 2015

La maraña de los días


"Había empezado a escribir un diario a fines de 1957 - dice Piglia, el autor de Los diarios de Emilio Renzi. Años de formación, al comienzo del libro, en su 'Nota del autor'- y todavía lo seguía escribiendo. Muchas cosas cambiaron desde entonces, pero se mantuvo fiel a esa manía. “Por supuesto, no hay nada más ridículo que la pretensión de registrar la propia vida. Uno se convierte automáticamente en un clown”, afirmaba. Sin embargo está convencido de que si no hubiera empezado una tarde a escribirlo, jamás habría escrito otra cosa. Publicó algunos libros –y publicará quizás algunos más– sólo para justificar esa escritura. “Por eso hablar de mí es hablar de ese diario. Todo lo que soy está ahí pero no hay más que palabras. Cambios en mi letra manuscrita”, había dicho. A veces, cuando lo relee, le cuesta reconocer lo que ha vivido. Hay episodios narrados en los cuadernos que ha olvidado por completo. Existen en el diario pero no en sus recuerdos. Y a la vez ciertos hechos que permanecen en su memoria con la nitidez de una fotografía están ausentes como si nunca los hubiera vivido. Tiene la extraña sensación de haber vivido dos vidas. La que está escrita en sus cuadernos y la que está en sus recuerdos. Son figuras, escenas, fragmentos de diálogos, restos perdidos que renacen cada vez. Nunca coinciden o coinciden en acontecimientos mínimos que se disuelven en la maraña de los días".



Un texto casi idéntico a este, creo, dice Piglia al comienzo de 327 cuadernos, el diario fílmico de Andrés Di Tella en el que el escritor aparece releyendo su diario personal, comentándolo, reescribiéndose, desconociéndose en su propia escritura. En la película Piglia dice esto mismo en primera persona, mientras que en el libro el autor decide interponer la mediación de una tercera persona, que añade ficción a la ficción que supone inevitablemente toda autobiografía. Justamente: dado que auto-biografiarse consiste en escribirse a sí mismo como un yo, es decir, como un elemento consistente, demarcado y resuelto, la transposición de la primera a la tercera persona permite hacer patente el carácter ficcional de toda escritura de sí, dejando al descubierto la distancia insalvable entre ser y escribirse. Porque es imposible hablar verazmente de sí mismo, mucho más veraz es hablar de sí como si yo fuera otro.


En ese espesor que la escritura interpone en la experiencia, en esa experiencia elevada al cuadrado, desfasada, que la escritura instaura, la película de Andrés Di Tella viene a añadir el contrapunto vacilante de la imagen y las voces, el desacople entre las sucesivas voces que dicen "yo" y la mirada cinematográfica que incrusta restos de memorias fílmicas de otros, recuerdos materiales de yoes inciertos, en una puesta en abismo plateada con una amable -y engañosa- fluidez. El sistema poético de Di Tella, aquí en diálogo con el del escritor Piglia, su amigo, se distingue por esa fluidez amable con la que interroga la posibilidad de filmar una experiencia en la que un yo intenta restituirse hablando. ¿Quién es Ana? termina preguntándose Ana, la protagonista de Montoneros, una historia. ¿Dónde estoy yo? empieza por preguntarse desde el espacio off la voz de Piglia en 327 cuadernos.

¿Hay una historia? comienza Piglia Respiración Artificial. Dice Di Tella que ese comienzo lo marcó de un modo decisivo para pensar la posibilidad de narrar a través del cine, el territorio al que considera su patria.

En los próximos días en este blog intentaremos continuar el curso de los pensamientos que 327 cuadernos nos dispara.

Los diarios de Emilio Rienzi. Años de formación, el primero de los tres tomos en los que Piglia se reescribe como si fuera un personaje suyo, acaban de ser publicado por Sudamericana.

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