Cadete





sábado, 30 de noviembre de 2013

Siempre lo dije: El Resplandor (la película de Kubrick) es una verdadera cagada

Y ahora veo que los mismísimos Stephen King y David Cronenberg piensan lo mismo










Stephen King vuelve a cargar contra 'El resplandor' de Stanley Kubrick


Bien conocido por todos es que a Stephen King no le gustó nada la versión que Stanley Kubrick presentó de su novela. Sin embargo, a punto de salir a la venta la secuela literaria de 'El resplandor', que llevará por título 'Doctor Sleep', el escritor ha debido creer que era un momento perfecto para recordar sus opiniones.

Hablando con la BBC (vía IndieWire), King repitió que le parece una película fría: "No soy un tipo frío.Creo que una de las cosas que la gente se relaciona con mis libros es la calidez, hay un acercamiento y un lenguaje con el lector, 'Quiero que formes parte de esto'. Con 'El resplandor' de Kubrick siento que era muy frío, muy 'Estamos mirando a esa gente, pero son como hormigas en un hormiguero, qué cosas más interesantes hacen estos pequeños insectos'" (Fuente acá)


Stephen King Says Wendy In Kubrick's 'The Shining' Is "One Of The Most Misogynistic Characters Ever Put On Film"

King cree que no hay suficiente misterio detrás de el personaje de Jack Torrance (encarnado por Nicholson) y el personaje no está perdiendo la cabeza. " Jack Torrance en la película, parece un loco desde el comienzo. 

Sin embargo, King reserva la peor crítica de "The Shining" contra el personaje de Wendy, la asediada esposa de Jack. "Shelley Duvall como Wendy es realmente uno de los personajes más misóginos jamás vistos en unaa película. Ella, básicamente, sólo está ahí para gritar y ser estúpida: esa no es la mujer sobre la que escribí",  afirmó el escritor. (Fuente: Indiewire)

Davis Cronenberg también cree que Kubrick hizo una mierda

La polémica volvió a atizarse hace unos días con un invitado sorpresa, el director canadiense David Cronenberg, que criticó la visión de Kubrick sin medias tintas. "No es una gran película. Creo que Kubrick no entendió el género de terror. Creo que no sabía lo que estaba haciendo". Cronenberg aseguró también que uno de los problemas de Kubrick es que estaba demasiado pendiente de hacer un producto "comercial". (Fuente: El confindencial)



Hasta aquí las noticias: solo digo que estoy contento de estar acompañado en mi desprecio hacia la machietta de Kubrick, nada menos que por dos voces autorizadas, la de los grandes King y Cronenberg, que me merecen mucho más respeto que el director infatuado de la insoportable y ridícula Ojos bien cerrados. No se trata del viejo problema que la película no fuera fiel al libro: supongamos que el libro no existiera: la película no dejería de ser obvia y enfática, resuelta de manera elemental, con personajes chatos y unidimensionales, carentes de la menor ambigüedad. Nicholson pone su peor cara de loco asesino de principio al fin, y solo un personaje concebido tan estúpidamente como el de Shelley Duvall puede no advertir que está casada con un psicótico. La película no trabaja con el punto de vista (algo que Kubrick no sabe que existe), por eso se dedica a aplanar los personajes y a lustrar el relato de King de pseudo prestigio anti cinematográfico: incapaz de captar el pathos de los relatos pueblerinos de Stepehn King. Y entonces hace películas ostentosas y vacías, donde cada plano solo puede auto inflarse: "mirá cómo muevo la cámara", "mirá que teleobjetivo uso", "mirá qué dirección de arte más exquisita", "mirá los tubos fluorescentes que pongo", "mirá qué cara de loco Nicholson", "mirá que boluda la jermu"... Es un pedante insoportable y uno de los culpables de que el cine contemporáneo vire hacia la imagen publicitaria.

Después de su muerte, y en gran parte por culpa de Spielberg, Kubrick ha recuperado el prestigio inmerecido de que gozó en cierto momento de su vida (debido al marketing de "director intransigente" que construyó con su propio personaje). La intransigencia de Kubrick se identifica con su capricho pueril y sus toques de snobismo extracinematográfico: músicas rimbombantes, fotógrafías pictóricas, crews y casts prestigiosos, proezas meramente técnicas, que nunca se subordinan a la necesidad del cine y se dedican a glorificar la megalomanía de su director.

De las adaptaciones de King siempre quedarán la calidez artesanal con look clase B de John Carpenter (La niebla, Christine), David Cronuenberg (La zona muerta) o Stand by me (Rob Reiner). Y no quisiera olvidarme la notable Carrie de De Palma.

Solo hay una posibilidad de concebir una versión peor de The shinning: si la hubiera dirigido Terrence Mallick, el discípulo más tarado de Kubrick.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Revolución

Gabo Ferro habla
Una entrevista en Patologías Culturales, clickeando acá.

Fotografía; Sofi Grenada

El sábado pasado tuve el gusto de participar de una conversación con Gabo Ferro y Maxi Diomedi en Patologías Culturales (sábados a las 17 en FM La Tribu).  Gabo es un artista de una potencia especial, no es cualquier cantante. Es un tipo áspero y tierno, de una consistencia que no es fácil encontrar en otros músicos de su generación o incluso más jóvenes. Gabo tiene ideas y esas ideas alimentan sus emociones, se enoja, se endurece, se pone severo, se feminiza, se leniniza. De pronto es un asceta que se abstiene de usar lo prescindible, de pronto en su voz habitan espíritus.

¿Qué es lo raro de Gabo?, me pregunto. Es un intempestivo. Su seriedad para con la palabra, su necesidad de vincular voz e historia, melodía y política, su extremismo, no son posiciones frecuentes hoy día. Hay en él una postura desafiante que impugna la época, una decisión de apartarse de cierta naturalidad liviana en el ambiente musical.

Gabo es un tipo que se cruzó con Spinetta, con Nebbia, con Palo Pandolfo: eso lo conecta con una edad heroica del rock y lo aleja de cierta complacencia que empezó a dominar la escena musical desde los 80 y cada vez más. "Hacete cargo de la palabra. Si vas a hablar, es porque tenés qué decir; si no, callate".



Se contó unas cuantas veces la historia: en los 90 Gabo era el cantante de una banda hardcore llamada Porco, una cierta noche, un show en el que había 15, 20 espectadores, Gabo se quedó sin voz; literalmente. No podía salir un sonido de su boca. Se bajó del escenario y se fue caminando por Callao. Abandonó la escena, se dedicó a estudiar Historia. Y después de varios años de silencio, volvió. Claramente el Gabo de hoy fue esculpido a partir de esa experiencia, ese fue su camino de Damasco.


Alguna de las cosas que Gabo dijo el sábado en Patologías:

La canción: "Con la canción, en los 80s, hubo esa cuestión que después en los 90s se reforzó: vamos a bailar y todo lo que no sea bailar es horrible, pelotudo, facho, no hay que pensar, a mover las piernas, a mover las patitas... y todos salieron a bailar. La verdad es que yo puedo bailar perfectamente y después puedo ponerme a pensar y a cantar. Aparte, no soy de los que creen que la música no debe -además- entretener. No veo al entretenimiento como una pelotudez, pero no veo como una cosa menor que también deba colocarte en un lugar crítico, en un lugar problematizado, en un lugar de revolución. Insisto con esto: uno no debería ser el mismo después de escuchar ciertas canciones, uno tendría que sentirse en algún lugar levemente modificado, más bueno. A mi hay canciones que me hacen sentir mejor persona. Y la ambición de uno como artista es poder aportar canciones e interpretaciones, y recitales y cosas para tratar de que de provocar en la gente, y todos juntos, no "el artista" y "su público", una revolución".

Su capacidad de mostrar los lados desagradables, odiosos, incómodos que otros artistas actuales prefieren esquivar: "Cuando uno tiene el repertorio de lo que somos. ¿Cuántas veces yo me he hecho cargo de personajes en las canciones que no tienen nada que ver conmigo? [Lo que dice la canción ] Voy a negar el mar es una repugnancia, un tipo que niega su contexto y se lo lleva puesto. Es un tema que me encanta hacer y que no tiene nada que ver conmigo. Todas esas miserias no se pueden cantar bellamente y todo tiene que ver con esa no belleza, con temas no tratados, con cuestiones no visitadas, porque la canción tiene que hablar de otra cosa y ahí es donde pienso en el lugar realmente crítico y revolucionario que debe tener la canción. Y no en términos de crisis y revolución a los 70. Estamos en este lugar del mundo y este momento histórico, la crisis y la revolución tienen que ser lo que somos y lo que debemos ser. Los artistas y cada uno desde su lugar tiene que intentar provocar esto".

Su vínculo con Palo Pandolfo y su experiencia compartida en Los Verbonautas: "Recién pensaba que con Palo trabajábamos de la misma manera, yo lo remplacé en Los Visitantes en una fiesta de la revista Revólver,  y hubo una fecha más que Karina se deba acordar bien. Fue después de Espiritango, Ariel Minimal en la guitarra y yo cantando. Fueron un par de fechas en que Palo se había roto una pierna. Con Ariel nos mirábamos porque estábamos ocupando el lugar de alguien a quien nosotros amábamos y amamos, y estaba cantando con esa banda que yo adoraba y fue muy lindo. Ese disco es maravilloso. Y con Los Verbonautas, fue muy lindo mientras duró. Yo me fui en el momento donde se empezó a poner todo muy producido, para mí fue el colofón cuando salió la cuestión de que el Rojas iba a publicar un libro de poesías de Los Verbonautas. Dije: 'Hasta acá. Si la idea original era ir por fuera... ¿Cómo es ahora? Si era un lustre no haber pasado por Puán, de repente ahora nos va editar un libro el rojas?'. Y me fui. Yo la pasaba bárbaro, me ha acompañado gente preciosa por su obra, por su don de gente y los quiero y lo atesoro".

Clickeando acá encontrarán el audio completo de la entrevista a Gabo, casi 90 minutos de charla sin desperdicio.


jueves, 28 de noviembre de 2013

Aciertos y errores de Cristina

Analizados por Teodoro Boot y el Pájaro Salinas
La otra.-radio para escuchar clickeando acá



El domingo pasado en la primera parte de La otra.-radio, Teodoro Boot y el Pájaro Salinas analizaron la actualidad política nacional, en referencia a todos los personajes que aparecen en las fotos de arriba. Para escuchar el programa clickear acá.

La otra.-radio: domingos a las 23:00 por FM La Tribu.

La nueva crítica y la vieja crítica

NUEVO BLOG: UN LARGO


por Oscar Cuervo *

A fines del siglo XX en la clase media porteña ilustrada parecía haber calado hondo aquel dictamen del fin de la historia y el triunfo inapelable de un modelo de existencia neoliberal. El cine parecía una esfera relativamente autónoma del mundo, con su propia historia interna, sus normas de admisión y legitimación, una isla de experiencias estéticas en las que se podía discutir apasionadamente de películas, pero con una conciencia tranquila de resignación ante la ajenidad del poder. Si el mundo globalizado era duro, el cine se ofrecía como una versión más amable del mundo, y los cinéfilos podíamos pensarnos como una cofradía de intereses más nobles, partidarios de la belleza. 

Recuerdo el país sacudido por una crisis terminal mientras se llevaba a cabo la edición 2002 del BAFICI. Entrar al Abasto era ponerse a salvo del desquicio y refugiarse en la esfera de lo sublime. Esa armonía restringida se quebró cuando la sociedad argentina se vio atravesada por un conflicto político que resultó ineludible y que hasta hoy no cesa de ahondarse. Se abrió una grieta por la que se filtró la historia, que resulta que no había muerto. El campo cinematográfico no pudo sino registrar estas tensiones. 

En las revistas de cine y en los festivales se hace imposible evitar la política. Todavía no parece que esta fractura pueda pensarse; entonces se la actúa. Que en la edición 2012 del BAFICI haya quedado excluida una película de los valores de Tierra de los padres (Nicolás Prividera) sin que el propio festival haya encontrado un ámbito para discutir esa exclusión, o que incluso la mesa de debate por los diez números de Kilómetro 111 [Abril 2013, 15° BAFICI] haya estado a punto de no hacerse por decisión del director artístico del festival, que finalmente se haya hecho por una marcha atrás del mismo director al tomar estado público el veto, son síntomas de una dificultad para lidiar con la política y una imposibilidad de esquivarla. La ilusión de la autonomía estética se desplomó. Para nuestra generación esa caída no es reversible. Habrá que ver si nos volvemos capaces de pensar esta fractura, de conversar sobre ella y volverla artística y políticamente productiva.

* Fragmento del texto "Diez números (Kilómetro 111. Ensayos sobre cine)", aparecido originalmente en la revista Kilómetro 111, n° 11. Leer completo clickeando acá.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

28 Festival Internacional de Cine de Mar del Plata II

E agora? Lembra-me o la música del universo


por José Miccio

Joaquim Pinto tiene una historia profesional admirable; trabajó con Raúl Ruiz (1), con Manoel de Oliveira, con André Techiné, con Werner Schoerter y con João Cesar Monteiro; pero a partir de ahora será siempre el director de esta película extraordinaria. “Recordame”, dice el título. Y cómo no.

Una avispa panza arriba trata de reponerse, un perro lleva con él un tumor, la tierra aguanta la sequía, Joaquim Pinto vive con HIV y hepatitis C desde hace dos décadas. “Tengo una vida como la de cualquiera”, dice al comienzo. Cuando al final repite la frase la referencia del pronombre se ha ampliado de manera notable, hasta incluir virtualmente a todo el universo. En sus brevísimas tres horas E agora? Lembra-me teje la biografía de su realizador y de la enfermedad que lo agota y acompaña con la evolución de las especies, la historia de la humanidad, el arte, la política, la filosofía, la religión y la crisis económica europea.

Todos los hilos nacen de lo que al comienzo se presenta como un diario privado y pronto se convierte en algo totalmente distinto, no tanto porque la película no asuma efectivamente la forma del diario como por la crisis que sufre y goza en su despliegue la idea misma de privacidad. Quisiera explicarme bien. No es que Pinto pretenda usarse como ejemplo de algo que lo incluye y lo supera, y al superarlo lo redime y lo autoriza a decir “Yo”. O que, al contrario, quiera disolverse en las galaxias o los unicelulares, y perder así cuerpo y memoria. Es decir, no hay en su película una voluntad representativa que lo ubique como vocero de un grupo – los cinéfilos, los homosexuales, los sidosos, los sonidistas, los cincuentones, los barbudos, los portugueses, los amantes de los perros – ni un sometimiento de su historia personal a una grandeza que la reduce a nada, como si dijera: solamente soy un grano en el cosmos, mera insignificancia. La crisis de la privacidad se debe a algo mucho más hermoso: se debe a que Pinto filma su diario como si a través de la cámara y la voz pudiera encontrar un orden poético o una sinfonía del universo. Suena grandilocuente y laborioso, pero lo cierto es que esta trama - familiar, mística, política, biológica – parece hecha por una de esas viejas tejedoras que tienen su oficio tan incorporado al ritmo de los días que las marcas de su esfuerzo han quedado olvidadas detrás de la fluidez. Pinto siente la cámara como Messi la pelota y César Aira la escritura: como una extensión de su propio organismo.


Justamente lo contrario le ocurre con la medicación. En un momento Pinto dice que siente la voluntad separada del cuerpo, y que para mover un brazo debe hacer primero el esfuerzo por conectarlo con el cerebro. Esa bruma neurológica lo confunde a menudo: olvida fechas, pierde la atención con facilidad, cae en lo que él mismo llama estado de inercia. Es en semejante situación perceptiva que consigue escribir los textos que dice en off, capturar sus imágenes y montar unos y otras. Qué notable. Para ver cómo dos rayos de luz caen en el mismo punto y generan esos colores y esos brillos se necesitan una cámara y un espíritu que sepa reconocer la importancia de ese instante, que es lo mismo que exhibe Pinto al poner en escena de manera tan amorosa a su esposo Nuno y a su padre, a sus cuatro perros y a la amiga, también enferma, que por carta o mail le cuenta su propia experiencia y le da algunos consejos para aguantar los tratamientos.

La sinfonía exige antes que nada que el ser humano se baje del trono de las especies. Pinto lo dice de varias maneras: señala el error de traducir la edad de los perros a la de las personas, recuerda que el tomate tiene más genes que los hombres y en su momento más drástico afirma que cuando nosotros ya no estemos “la vida suspirará de alivio”. También dice: “No somos especiales, solo recientes”. Pero mejor que en las frases declarativas su descontento con una visión antropocéntrica del mundo se nota en el montaje, que sugiere que los árboles, los insectos, las ranas, los perros, las cavernas, la luz y la tierra tienen tanta importancia como los humanos. Que somos solo una parte de la naturaleza y no su sentido último es una verdad tan sencilla como repetida, maltratada además por espiritualismos zonzos y confortables. Afirmarla sin más – como hago yo - es pueril. Acceder a ella a través de la película de Pinto es sublime.


Hago ahora un intervalo godardiano.

Volví a ver hace poco Alphaville. Es una historia muy en la línea de 1984 y demás distopías, que aprovecha algunos géneros como dispensadores de tópicos. La ciencia ficción se percibe en los motivos argumentales y en los sonidos baratamente tecnificados, que sugieren siempre el futuro. Lemmy Caution es un típico personaje del cine negro, un agente secreto disfrazado de periodista que cumple su papel de duro con sequedad: cara de piedra, trompadas y tiros (hasta le da un bollo a una mujer, lo que hoy provocaría ofensas de lo más graciosas). Anna Karina interpreta a la hija de un científico que, como el resto de los habitantes de Alphaville, no llora ni conoce la palabra amor. Al final Lemmy escapa con ella, mientras el proyecto totalitario se hunde. La escena cierra la película de manera simétrica: comienza con la llegada de Lemmy a la ciudad y concluye con su partida.

Hay unas palabras que enmarcan la historia. Al entrar a Alphaville un cartel anuncia los valores de una sociedad burocrática, ordenada y gris: Lógica, Prudencia, Silencio, Seguridad. Al salir, Anna Karina llora y dice “Te amo”, las palabras que conmueven a todas las otras. Alphaville aparece como un futuro acá a la vuelta, un dominio absoluto de la técnica al que Godard opone el amor como potencia indomesticable. Es el descubrimiento de la frase más común de todas lo que señala la persistencia de lo humano: cuando Anna Karina la dice y lagrimea, su cara y la música son las de la revelación de algo sagrado. Por eso la película de Godard es un ejemplo perfecto de lo que podemos llamar el trabajo del arte: el lugar más común se convierte en una explicación del mundo solo una vez que el mundo ha sido convertido en otra cosa.

Fin del intervalo.


Pinto hace lo mismo que Godard. Para que encontremos intensa y verdadera la idea de que nuestro lugar en el universo no tiene por qué ser más importante que el de la avispa o el tomate es necesario un esfuerzo descomunal, capaz de vencer la costumbre y la gansada - y al menos en este caso una forma ligera, capaz de vencer las marcas de ese esfuerzo. Godard juega con el montaje, con los planos, con el negativo, con el sonido, con el lenguaje, con los géneros, con la fenomenal fotografía de Raoul Coutard; da vuelta todo para que una vez en trance podamos sentir la gloria de unas palabras tan debilitadas como “perdón” o “prometo”. Pinto retuerce los lugares comunes del documental en primera persona hasta el punto de volverlos tan extraños como el llanto en Alphaville; hay en su película acordes misteriosos que reúnen el sexo y el Evangelio de Marcos, una abeja carnívora y un libro de Francisco de Holanda, la palabra nunc y la palabra Nuno.


Es propiedad del arte hacernos escuchar por primera vez lo que escuchamos todos los días; por ejemplo que el amor es una fuerza arrolladora o que el universo es absolutamente extraordinario. Para llegar a darnos cuenta de cuán poco especiales somos no necesitamos un cura o un comisario que nos diga la Palabra; necesitamos el plano genial de dos o tres minutos que Pinto le dedica a una libélula.

¡La delicadeza infinita de esas alas! ¡Esa extrañísima cabeza!

Mientras veía ese plano recordé un libro que leí hace poco, gracias a unas personas maravillosas que me llamaron la atención sobre su autor. A partir de la observación fascinada de una avispa que caza una araña y la prepara en un periquete como alimento para su cría, Mario Levrero escribe en La novela luminosa esta página, que de alguna manera comenta la película de Pinto:

“¿A usted nunca le pasó, mirando un insecto, o una flor, o un árbol, que por un momento se le cambiara la estructura de valores, o de jerarquías? No sé cuándo habrá sido la primera vez – quizá en la infancia, aunque esta anécdota de la avispa cazadora se me presenta como la primera -, pero sé que me ha sucedido varias veces. Es como si mirara el universo desde el punto de vista de la avispa – o la hormiga, o el perro, o la flor -, y lo encontrara más válido que desde mi propio punto de vista. De pronto pierden sentido la civilización, la Historia, el automóvil, la lata de cerveza, el vecino, el pensamiento, la palabra, el hombre mismo y su lugar indiscutido en el vértice de la pirámide de los seres vivos. Toda forma de vida se me hace, en ese momento, equivalente. Y, como intentaré mostrarlo luego, lo inanimado deja de serlo y no hay lugar para una no-vida”.

De eso trata E agora? Lembra-me.

(1) Si tienen ganas de leer: http://www.bazaramericano.com/columnas.php?cod=87&pdf=si

- Más sobre E agora? Lembra-me acá.

martes, 26 de noviembre de 2013

28 Festival Internacional de Cine de Mar del Plata

Història de la meva mort de Albert Serra


por José Miccio

Acaba de terminar un festival de Mar del Plata que contó con varias películas notables. Algunas se filmaron hace mucho, pero se mueven en el presente con más brío que tantas otras, terminadas apenas ayer. Las copias en 35mm de Salón México, Thérèse, Nazarin, No abras nunca esa puerta, Los desesperados y Los rojos y los blancos bastan para confirmar la cinefilia.

Pero a decir verdad las películas que deciden la memoria del festival son las más recientes. Por fortuna, además del inevitable relleno y el también inevitable respeto por la costumbre y la autoridad hubo en la programación varios títulos apasionantes, algo mucho más decisivo para el ánimo que la urbanidad y la corrección, e incluso que cierta excelencia pobre, como la que mostró esta vez Claire Denis en Les Salauds. Me refiero a las siguientes películas: Le Derrnier des injustes de Claude Lanzmann, At Berkeley de Frederick Wiseman, Fantasmas de la ruta de José Celestino Campusano, Drug War de Johnnie To, L’inconnu du lac de Alain Guiraudie, y las dos de las que quisiera contarles algo: Història de la meva mort de Albert Serra y E agora? Lembra-me de Joaquim Pinto. *

Història de la meva mort o la decadencia de Albert Serra

En Honor de caballería fueron Sancho y el Quijote; en El canto de los pájaros fueron los reyes magos; ahora, en Historia de mi muerte, Albert Serra se mete con Giacomo Casanova y el mismísimo conde Drácula. Siempre en catalán.

Como el atractivo de semejante reunión no tiene chance de ser considerado razón suficiente como para perderse en el goce y el reflujo sensorial que la película propone, lo más conveniente es empezar por decir lo obvio: que cada personaje representa un periodo histórico, o que los dos juntos constituyen el umbral que los une y los separa. Casanova - peluca, barba rala, colorete, lunar falso y movedizo - es el decadente hombre de las luces. Drácula – capa, pelo entrecano, tranquilo andar diurno - la siempre renovada fuerza de los instintos y la irracionalidad. Ilustración y Romanticismo. Pero además de una tesis sobre la Historia o la naturaleza del hombre la película de Serra es un cóctel de monstruos; se mueve cerca de la clase B y de la pintura y las bibliotecas románticas. Como si perteneciera al mismo tiempo al trash y al arte contemporáneo (¿y quién sabe a ciencia cierta la línea de demarcación?) Historia de mi muerte habilita el viaje y el regodeo erudito. Es un film docto y un fumadero.

No quiero renegar de lo obvio. Es absolutamente cierto que se puede hablar de la película como si fuera un tratado de filosofía o una especulación teológica (alguien a la salida del cine la calificó incluso de políticamente reaccionaria); pero también es cierto que la hinchazón conceptual hunde el plano y el deleite en un mar de explicaciones para las que el cine es innecesario; y no basta describir un par de encuadres o decir “travelling” acá, y allá “contrapicado”, para hacer pasar una aplicación más o menos hábil de ideas conocidas por atención a las formas del cine. Del paso de la luz a las sombras y de la crisis del mundo ilustrado sabemos bastante por nuestros habituales canales de divulgación (Wikipedia, la televisión educativa, la universidad). Pero como los versos de Coleridge o la historia del doctor Frankenstein, la película de Serra puede tomar parte de una discusión que va más allá del arte porque propone antes que nada un mundo artísticamente atractivo, que la dota de autoridad; así que antes que los papers y el periodismo petulante la agarren del cogote como Casanova al ganso de su mesa de lujo y hastío, más vale decir de una buena vez que Historia de mi muerte es una película hermosa, iluminada en interiores y exteriores como para que el ojo se pierda en sus superficies vanas y misteriosas, llena de momentos para la antología del ridículo sublime que Serra practica con talento y un poco de espíritu provocador.

Igualmente, conviene señalar que hay otra manera de entender el asunto de las encarnaciones. Casanova recorre buena parte del siglo XVIII y Drácula nace a fines del siglo XIX; pero a decir verdad el vampirismo es contemporáneo de la Ilustración: las baladas que hablan de esas criaturas demoníacas que acechan los poblados rurales circulan al mismo tiempo que la Enciclopedia, aunque lógicamente por canales distintos. (Voltaire – mencionado en la película por Casanova - escribió sobre el tema en su Diccionario filosófico, y fue quizás el que dio origen a la metáfora que asocia al usurero con el chupasangre). Desde este punto de vista, Drácula y el viejo veneciano son encarnaciones tardías de una misma época; y bien puede ocurrir que si el vampiro sucede al racionalista no es solo porque lo destruye desde un exterior absoluto - rural, oriental, primitivo - sino porque ya está en él. La película de Serra no tiene por qué ser vista como la exposición extravagante de dos espíritus opuestos y completamente desvinculados; puede ser vista también como un parto, en el mismo sentido en que decimos que cierto tiempo engendra en su interior el tiempo que lo sucederá. La diferencia es que en lugar de dar a luz Casanova da a tinieblas, y como es sabido las tinieblas solo engendran hijos parecidos a sus padres. Drácula no es un mal productivo ni una astucia. Muerde y hace vampiros. Fin de la historia.

Venga Drácula de afuera o nazca del mismo corazón racionalista que lo tiene como Otro, Historia de mi muerte trata siempre de los contrarios, por lo que una adecuada descripción de la película – que sabrá realizar mejor quien la repase – tendrá que asumir en algún momento la forma comparativa. Hay un largo y hermoso travelling por el bosque rumano que funciona como pasaje y divide con claridad lo que está antes de lo que viene después. Anoto algunos contrastes.

• Casanova y Drácula coinciden en su aversión al cristianismo, pero sus motivos son distintos. En Casanova, el racionalismo ilustrado al que rinde homenaje y ofrece un rostro deformado y terminal. En Drácula, el malditismo romántico propio de todas las criaturas que desafían las leyes de Dios.

• En ambos se hace manifiesta una crisis de autoridad de enorme alcance. Casanova anuncia dos veces una revolución que hará rodar cabezas; pero a decir verdad el cambio histórico y político que presagia es para la película menos importante que el desafío metafísico que plantea Drácula al hacer que las hijas renieguen del padre, y que una de ellas lo azote. En la violación de la autoridad familiar queda al descubierto el Mal posible, que se queda con la película entera. Los gritos malvadamente ridículos de Drácula tienen contra la risa decadente de Casanova la fuerza de lo que siempre crece.

• También intensa es la oposición entre ciudad y campo. La primera hora, en el ámbito social de Casanova, abunda en señales de refinamiento cultural, cierto que por demás atrofiado. El pequeño y hermoso prólogo es una velada sensualista y cortesana: vino, comida, música, coqueteo y conversación sobre poesía. En el campo rumano la granja toma el lugar del palacio, y por estricta lógica además del consumo aparece la producción, representada en una breve e importante escena de cuidado de chanchos.

• El campo trae también una austeridad que no existe en palacio. La habitación del padre de las jóvenes que Drácula terminará poseyendo - toda en madera, con un crucifijo enorme y rústico - contrasta con la abundancia de muebles y comida de Casanova.

• Otra cosa que llega con el campo es una cultura ligada a la tierra, completamente ajena a las máquinas – de escribir y de sexo - de las que habla admirativamente Casanova. Esta cultura rural se expresa en una ceremonia de sacrificio de buey, opuesta a la ceremonia de sociabilidad cortesana con la que comienza la película.

• También las relaciones de dominio se modifican. La servidumbre (un vínculo de desigualdad histórico, que tal vez la Revolución deponga) se convierte en los Cárpatos en posesión (un vínculo de desigualdad teológico, que solo un Combatiente Celestial podría disolver).

• Ligados a Casanova aparecen un poeta inexperto y un criado aficionado al juego (que lo acompaña en su viaje a las tierras rumanas). Ligadas a Drácula, tres bellas jóvenes prontamente convertidas en vampiresas.

• El conocimiento no queda libre de contrastes. La ciencia que permite la fabricación de máquinas tiene su contracara en la alquimia que convierte la mierda en oro.

• En palacio todas las percepciones pasan por el arte, la cosmética y la cultura decorativa. En Rumania Casanova le dice al criado: “Esta es la realidad, la presencia de la sangre”.

• Podríamos especular también con la procedencia cultural de los personajes. Casanova es una figura de la elite: un hombre fino, erudito, ex funcionario de una república desarrolladísima, ligado siempre a la escritura. Por el contrario, Drácula nace y circula en el ámbito de la cultura popular; cuando Stoker publica su historia, el vampiro – hijo de la leyenda oral que en el libro aparece rodeado de escrituras que no pueden explicarlo, del diario íntimo al informe psiquiátrico, del contrato de propiedad a la epístola - era ya una criatura fatigada por baladas, folletines, cuentos y obras teatrales. Habría que ver si esta diferencia conduce a algún lugar.

La preocupación por establecer contrastes dota de unidad a una película que muy fácilmente podría deshacerse en su propio movimiento. No ocurre así (yo diría: lamentablemente), y quizás a la decisión de permanecer dentro de una coherencia global un poco por demás enérgica se deba la relativa pérdida de intensidad de la última media hora, que es casualmente en la que suceden más cosas. Es comprensible que Casanova no pueda sobrevivir a Drácula; pero que la película no pueda sobrevivir a Casanova es tema de conversación, aun cuando su título aluda a Historia de mi vida y por lo tanto señale al veneciano como centro de atracción principal.

¿No podría haber durado cuatro horas Historia de mi muerte?

Vuelvo por un segundo a los contrastes. Más allá de los pares que lo componen- ciudad y campo, interior y exterior, traje color crema y capa negra, ciencia y alquimia - el sistema entero de oposiciones resulta sensualmente apabullante. Imagino que Serra no aceptaría una reducción o un debilitamiento de la riqueza conceptual de su película, pero no es aventurado decir que trabaja como un esteta enamorado de la decadencia y de la luz, y que ahí reside principalmente su valor.


Hago ahora un intervalo decadentista.

He aquí un bonito léxico, incompleto pero (quiero creer) ilustrativo, que tomo de autores tan apasionantes como Huysmans, Darío, Mirbau, Asunción Silva y Remy de Gourmont (puede que también de Lugones). Ahí va, un poco al voleo. Abominación, clorosis, pelagra, anemia, carcoma, histeria, nervioso, hedonista, luctuaria, fétido, lóbrego, ruinoso, bizarro, anormal, pálido, lánguido, acongojado, mortecino, níveo, lívido, estertor, fumista, neurastenia, hipnosis, magnetismo, fuliginoso, pústula, tumor, gangrena, hematoma, éter, opio, mefítico, cerúleo, tremolante, melancolía, eteromanía, solfanol, bromuro, mórbido, letargia, sonambulismo, absintio, enfermizo, refinado, exquisito, tedio, retorcido, perverso, depravado, venal, turgescencia, ignominioso, purulento, excremencial, lúbrico, vicio, aberración, sepulcro, emoliente, voluptuosidad, ignominia, impío, pérfido, concupiscencia, perturbador, enajenado, delicuescente, abyecto, infecto, neurastenia, prognata, deletéreo, lúgubre, glauco, spleen.

No todas las palabras dicen presente a la hora de describir Història de la meva mort, pero en cierto punto la película de Serra se mueve en el ámbito del goce y la perversión propio de los decadentes. Su primera hora, siempre en el lugar de Casanova, es de un memorable esteticismo; no se percibe nada que no declare con esmero su artificialidad. Los muebles, la comida, la ropa, el maquillaje y el muy importante plano de la mujer que abre los ojos dentro de una pintura hablan de esa sobrecarga de las formas que conduce simultáneamente al refinamiento y la morbosidad.

Casanova - viejo y desatado de todo compromiso - vive comiendo uvas y granadas, conversando en interiores, leyendo y escribiendo su vida, definitivamente retirado de la actividad pública. Serra es más seco con él que Fellini, que lo despreciaba pero lo compadecía. El polvo más triste de la historia del cine es el que tiene Casanova con la muñeca en la obra maestra del italiano; el polvo más ridículo debe ser uno filmado por Verhoeven, pero el que tiene el Casanova de Serra en Rumania – con un balanceo feo y monótono que termina contra un vidrio - puede reclamar con todo derecho un lugar en los florilegios de sexo bizarro.

Fin del intervalo.


Lo que el Casanova serrano comparte con los decadentes – además de algún brulote de libertino, como burlarse de la cruz - es el gusto por las superficies, la pose y el regodeo en los sentidos y la inteligencia; puede pasar minutos acariciando un libro, comiendo fruta o imaginando una enciclopedia de quesos ordenada según criterios lingüísticos; incluso puede pasar minutos cagando. Pero para Serra la de Casanova es una decadencia sin heroicidad ni gloria negativa; de ahí que no sea un personaje como los de la literatura de fines del siglo XIX, atormentados por aspiraciones enormes y una voluntad proteica y desconcentrada que los lleva a cambiar de objetivo pero no a renunciar al absoluto de sus impulsos, de los cuales el hastío es uno más.

El decadentismo no es el lugar desde el que Serra filma sino el lugar en el que Casanova sobrevive. Quiero decir, lo que parece interesarle a Serra del decadentismo no son sus ideas sino su teatralidad, y sobre todo su interés por promover estados turbios. Letargia, embriaguez, modorra, delectación: he aquí lo que Historia de mi muerte invita a disfrutar mientras el Mal se queda con todo.

* (En un post de inminente aparición José Miccio comenta E agora? Lembra-me de Joaquim Pinto).

Uruguayos, uruguayidadades, uruguayismos

Fernando Cabrera, Los Fattoruso, Mateo, Opa, Rada, Darnauchans, Rossana Taddei: La otra.-radio para escuchar clickeando acá



Hotel de todas las ciudades
del interior que visité
hotel que tiene los pasillos
mas crecidos cada vez.

Una reunión de roncadores
un congreso soñador
hotel de camas con gemidos
y un amor en ascensor.

Hotel de todas las edades
del interior que visité
esta mañana se hizo tarde
por tu beso desperté.

El desayuno de la noche
poco a poco nos calmó
y el sinsentido de la vida
la razón nos devolvió.

Una copa que se brinda en el balcón
y la luna en el farol
bruma despareja
Calle Mitre, la emboscada de rincón
la batalla Sarandí
policía vieja.

Hotel de todas las ciudades
del interior que visité
hotel que tiene los pasillos
mas crecidos cada vez

Una reunión de roncadores
un congreso soñador
hotel de camas con gemidos
y un amor en ascensor.

Palacio by Fernando Cabrera on Grooveshark

El programa del domingo pasado de La otra fue el primero en nuestro nuevo formato de tres horas. En la primera mitad nos visitaron el Pájaro Salinas y Teodoro Boot para hablar de actualidad política. Eso lo subo mañana. Hoy les dejo la segunda mitad del programa, predominantemente musical, pautada por Maxi Perel, lo cual implica una cuota alta de uruguayidad. Con algunas interferencias breves de Spinetta y CocoRosie (incluido el triste affair Niceto Club). Y no se olviden de que ahora estamos empezando los domingos a las 23:00 hs. Para escuchar el programa completo, clickear acá.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Las mujeres y el maratón


por Julieta Eme

En el Día Internacional de Lucha por la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres

La primera mujer que corrió oficialmente un maratón (la carrera de 42 kilómetros y 195 metros) se llama Kathrine Virginia Switzer y actualmente tiene 66 años. Cuando lo corrió tenía 20. En esa época, hace 46 años, a las mujeres no se nos permitía correr maratones, ya que existía la creencia (científicamente comprobada, por supuesto) de que si corríamos distancias muy largas, se nos podía caer el útero.

En 1967, Kathrine Virginia Switzer se inscribió en el maratón de Boston con sus iniciales: “K. V. Switzer”. Y nadie sospechó que no se trataba de un hombre.

En el documental El espíritu del maratón (Spirit of the Marathon, 2007), del director Jon Dunham, Switzer cuenta lo que pasó esa mañana.

Poco después de comenzada la carrera, los periodistas que iban en el camión de prensa notaron que había una chica corriendo y se acercaron para sacarle fotos. Al lado del camión, iba el autobús con los oficiales de la competencia. Uno de esos oficiales era también el codirector de la carrera. Al ver a Switzer, el codirector se bajó enseguida del autobús y trató de alcanzarla. Ella se dio cuenta de que algo pasaba y se dio vuelta para mirar. Él la agarró, la tiró hacia atrás y le gritó: “¡Andate de mi carrera y dame esos números!”. Al mismo tiempo, intentó arrancarle el dorsal, en el que estaba anotado el número 261. El novio de Switzer, que corría con el número de dorsal 390, empujó al codirector, que aterrizó en el suelo, y liberó a su novia. Ambos siguieron corriendo, pero el acto de brutalidad y violencia que había sufrido la dejó muy mal. Ella cuenta que pensó: “Debería abandonar. No soy bienvenida”. Pero luego reflexionó y se dijo: “No. Entrené muy duro. Si me voy, van a decir que las mujeres no podemos hacerlo”. Así que siguió corriendo y terminó la carrera.


Ese día, Switzer corrió el maratón en 4 horas y 20 minutos. Junto con otras corredoras, luchó para que la Asociación Atlética de Boston aceptara la participación de mujeres, lo cual finalmente sucedió en 1972. En 1975, 8 años después de su primer maratón, y nuevamente en el maratón de Boston, Switzer logró su mejor marca: 2 horas 51 minutos y 37 segundos (aunque quedó segunda).

Actualmente, el record mundial femenino lo tiene la británica Paula Radcliffe, con una marca de 2 horas 15 minutos y 25 segundos, en el maratón de Londres, en 2003.

Los 42 kilómetros y 195 metros que actualmente tiene el maratón se fijaron en 1908, en los Juegos Olímpicos de Londres, aunque la categoría olímpica femenina del maratón se agregó recién en 1984 (76 años después), en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles. Allí ganó la medalla de oro la atleta estadounidense Joan Benoit, con un tiempo de 2 horas 24 minutos y 52 segundos. Cuando ella entró al estadio, ya para correr el tramo final hasta la meta, todo el público se puso de pie para ovacionarla.

Sin embargo, aún hoy las mujeres deportistas luchan por ser incluidas. Cuatro mujeres ciclistas hicieron una petición para que se agregue una categoría femenina en el Tour de Francia. Ellas dicen:

“Tener una competición de mujeres profesionales en el Tour de Francia […] creará una oportunidad para demostrar que los mitos sobre las ‘limitaciones’ físicas impuestos a las mujeres son falsos. A fines de los 60, la gente asumía que las mujeres no podían correr un maratón. [Ahora] podemos ver cuán equivocado era aquello”.

Si desean firmar la petición de estas ciclistas, pueden hacerlo acá:


Me considero una maratonista. Ya corrí tres veces el maratón de la Ciudad de Buenos Aires. Este año fue la tercera. De un total de 7.275 competidores, solo 1.502 éramos mujeres. Muy pocas todavía.

Me encanta correr. Amo correr. Adoro correr. Afortunadamente, mi novio también. Así que no nos cuesta irnos temprano de alguna reunión, un sábado a la noche, o directamente decir que no podemos ir, porque al otro día tenemos que correr 28 kilómetros en la Reserva Ecológica, o porque tenemos que levantarnos a las 5:00 para estar en la línea de largada de alguna carrera a las 7:30.

Creo que, para las mujeres, correr tiene un efecto de empoderamiento (del inglés empowerment). Correr me hace sentir fuerte, no solo físicamente, sino sobre todo mentalmente. Me mantiene estable. O, al menos, un poco más estable. Me hace feliz, aunque cuando estoy corriendo lo que siento la mayor parte del tiempo es sufrimiento.

Si alguien me preguntara en qué actividad de mi vida me siento más yo, la respuesta sería: corriendo. Corriendo distancias largas. Corriendo más de una hora a un ritmo sostenido. Eso me encanta. Todo lo otro que hago es solo una excusa para hacer lo que realmente me gusta: correr. Concentrarme en el camino y correr, pensando un poco en todo. Y en nada.

domingo, 24 de noviembre de 2013

"Así como los aciertos propiciaron este sorpresivo 55 por ciento de los votos, con la misma velocidad, los errores los pueden disipar" decía Teodoro Boot hace más de un año

Hoy a las 23:00 en FM La Tribu lo repensamos con Teodoro Boot y el Pájaro Salinas


La sobreexposición presidencial *


por Teodoro Boot


Conservar la unidad de las fuerzas propias y dividir las adversarias es el principio rector de cualquier clase de disputa, sea política, militar, religiosa o callejera. Es un principio tan simple y elemental, tan de cajón, que no requiere de explicaciones ni fundamentos, y por eso mismo asombra que se lo deje de lado con tanta frecuencia, para lo cual sirven (pero no valen) infinidad de explicaciones.
En ocasiones, el olvido de ese principio fundamental se relaciona con el extravío o enturbiamiento de los objetivos principales y la dificultad de diferenciarlos de los secundarios, consecuencia casi natural del paso del tiempo y de la evolución de la disputa de marras: cada éxito supone una nueva acechanza, cada fracaso un desafío, cada solución da paso a un nuevo problema. Pero también ocurre por obcecación, arrogancia, descuido, inercia o simple rutina, por la natural tendencia a repetir conductas y estrategias exitosas en determinados momentos, pero no necesariamente en todos.

Repaso al vuelo

El colapso económico y el desbarajuste político y social que encontró Néstor Kirchner, le exigieron un protagonismo que remitió al de los primeros años de Alfonsín, e incluso lo superó: al nuevo presidente le era tan necesario sobreponerse a su debilidad electoral de origen como, en un país desgarrado y sometido a disímiles tensiones centrífugas, resultaba indispensable reconstruir la autoridad política presidencial. Kirchner consiguió reunificar y conducir al peronismo en casi todas sus variantes, ampliar su marco de alianzas con fuerzas afines y construir un consenso social mucho mayor de lo que el peronismo y sus nuevos aliados podían representar por sí solos. En base a cuatro pilares (fin de la impunidad, reconstrucción económica por medio de la renegociación de la deuda y la sustitución de importaciones, fomento del consumo interno, integración regional) nació lo que en tren de simplificación o de nueva categoría política y acaso histórica, se llamó kirchnerismo.

Al fin del primer mandato se trataba de garantizar la continuidad de un todavía difuso proyecto que ya comenzaba a denominarse “modelo nacional y popular”, lo que podía hacerse por medio del propio Néstor Kirchner o a través de quién él propusiera. ¿Quién mejor para esto que Cristina Fernández? Como esposa y compañera política de Kirchner, Cristina era la más indicada garantía de continuidad del genérico “modelo”, pero desde un punto de vista político se hizo necesario realzar su figura, siempre bajo la amenaza de ser opacada por el prestigio del ex mandatario: ya desde un principio, la estrategia consistió en personalizar en Cristina la campaña electoral y luego, y crecientemente, en concentrar en sus manos el grueso de las decisiones, proceso que se acentuó a la muerte de Néstor Kirchner.

La segunda etapa

La muerte del ex presidente y la extraordinaria congoja popular que produjo puso en marcha por parte de los enemigos del movimiento nacional más lúcidos lo que alguna vez llamamos “Operación Kirchner”. Esto es, elogiar de tal modo al muerto –que ya no jode– como para que ninguno de los vivos –que todavía pueden joder– pudiera comparársele… empezando por la presidenta de la Nación. En ese momento y con la perspectiva de una campaña electoral decisiva para la continuidad del proceso iniciado en 2003 se reafirmó, muy justificadamente, la política de centralización y concentración del poder en manos de la primera mandataria. La estrategia fue exitosa: tras la elección del 23 de octubre de 2011, quedó claro que la Presidenta no debía a nadie en particular ninguno de los 11.865.055 votos obtenidos, con lo que su poder, autoridad y capacidad de conducción quedaron reafirmados y reforzados.

Paralelamente, la administración tendió a ampliar los derechos ciudadanos, atendió con más tino las demandas sociales por medio de una asignación universal a la que en años anteriores se había negado, incrementó el nivel de empleo y la capacidad adquisitiva del salario, recuperó el manejo de los aportes previsionales, promovió en los foros y cumbres políticas la integración regional, nacionalizó el paquete mayoritario de una YPF ya vaciada pero aun controlante de la mayor parte del mercado, protegió la industria nacional y preservó el superávit comercial mediante un férreo control de importaciones, “nacionalizó” el Banco Central, impidió la corrida cambiaria y mantuvo el dólar comercial a valores adecuados para la promoción de la industria nacional y la defensa del salario, fracasó en el intento de aprovechar con más racionalidad la renta diferencial de la producción cerealera, no consiguió impedir y más bien acentuó la sojización, sigue sin definir una política minera, el sistema ferroviario continúa deshaciéndose en base al descuido, la inoperancia y la corrupción, se deterioró en los hechos la relación con los países del Mercosur mediante un proteccionismo a rajatabla, al bulto y sin matices, la política de precios de la recuperada YPF no tiende a regular el mercado sino que contribuye a la inflación acercando sus tarifas a las de la competencia, y al negar la necesidad y existencia de tipos de cambio diferenciales, la administración contribuyó a enturbiar el mercado de divisas.

El 7-D no es el fin

En el medio de todo eso, una disputa con los grupos de poder económico y mediáticos cuya punta de lanza es el grupo Clarín.

No es una pelea menor ya que está en juego la democratización de la información y la difusión, indispensables para una efectiva democratización política y la ansiada y todavía pendiente democratización social y económica, pero no se trata del centro del mundo ni mucho menos. No es, no debería ser el centro de gravedad de las políticas gubernamentales.

Sin embargo, la disputa contribuye a desquiciar aun más la desquiciada y desquiciante política comunicacional gubernamental hasta el punto de volverla un espejo de la del grupo Clarín, y desconcierta de tal modo a la dirigencia y militancia kirchnerista, que la lleva a confundir sus propias preocupaciones y problemáticas con las preocupaciones y problemás de la sociedad.

Por otra parte, la principal dificultad para la aplicación de la ley de servicios audiovisuales no radica en el recurso de amparo a la desinversión de los grupos monopólicos, sino en la deficiente política gubernamental: sin fomento y apoyo financiero, tecnológico y publicitario a los medios comunitarios y sociales, la aplicación del artículo 161 sólo alterará la relación de poder entre los distintos grupos económico‑mediáticos sin contribuir a una cabal democratización del sistema. En ese sentido, al poner el centro de la disputa en el 7 de diciembre, momento en el que al parecer empezará a regir plenamente el artículo 161, la militancia kirchnerista está colocando el centro de gravedad de su acción en un factor secundario del problema, eludiendo el principal.

Mirando al revés

A juicio de quien escribe, este desconcierto es una de las consecuencias indeseadas del proceso de concentración de que hablábamos antes y que lleva a que el destinatario de las acciones políticas deje de ser el pueblo, la propia base social, a cuyas preocupaciones y necesidades es necesario atender, y pase a ser el gobierno y, específicamente, la Presidenta. Se vuelve así al origen medieval del concepto de representación, cuando los diferentes gremios y sectores se “representaban” desfilando ante el rey o señor feudal. Se trata, entonces, de una política cuyo público no se compone de una multiplicidad de necesidades y percepciones diferentes, lo que demanda y propicia cierto grado de sofisticación, perspicacia y sutileza, sino de una política que atiende a la percepción de una sola persona, o en el mejor de los casos a un pequeño grupo, lo que necesariamente la vuelve burda, simple, demasiado lineal y en consecuencia, ineficaz.

A la vez, la propia administración, lo que se da en llamar la gestión, se vuelve descuidada y torpe, tan pendiente de las directivas que recibe como desatenta a la realidad que debe atender, y es de este síndrome de donde provienen los principales problemas políticos que el gobierno de Cristina Kirchner ha debido enfrentar en los últimos tiempos. No han sido éxitos ni operaciones de la oposición, conjuras sectoriales (tan propias a los seres humanos como la respiración alveolar) ni operaciones mediáticas, como se empeña en afirmar y, peligrosamente, hasta creer, gran parte del espectro kirchnerista, obsesionado en escandalizarse de la maldad y sevicia de sus enemigos.

La perfidia de las cacerolas

La única acción opositora exitosa que no obedeció a la “iniciativa” del propio gobierno fue el cacerolazo porteño del 13 de septiembre. Que gracias a una adecuada sincronización y a una inteligente concepción, pudo hacer confluir en un solo acto una multiplicidad de demandas de variadísima naturaleza y carácter eminentemente contradictorio.

Que el ánimo antipolítico es con frecuencia alimentado y generalmente aprovechado por la derecha más dura, no constituye ninguna novedad. Lo mismo puede decirse del sentimiento de inseguridad pública, alimentado ya desde el siglo XIX por aquellos que buscan imponer regímenes totalitarios y represivos. Pero la “denuncia”, la pasmosa revelación de que el mate tiene agujero, no elimina la sensación de inseguridad ni el sentimiento antipolítico. Tampoco lo hacen las explicaciones racionales o científicas; se trata de percepciones irracionales contra la que no valen lógicas ni argumentos sino que son necesarias las equivalentes operaciones sicológicas de signo opuesto.

Estas sensaciones estuvieron y estarán en la base de las protestas de una clase media, según se mire, extrañamente irritada, en ocasiones racista, xenófoba, patriotera y a la vez antinacional, engreída y autodenigratoria. Se trata de una derecha que todavía “no osa declarar su nombre”… aunque el PRO y Mauricio Macri ya se van atreviendo. Esto no es novedad y resulta bastante tonto denunciar a la derecha por ser derecha o al menos creer que con esa denuncia se consigue algo más que reafirmar las convicciones de los propios, natural efecto del permanente hablarse encima del kirchnerismo.

Se trata, por el contrario, de advertir que la artera, malvada, diabólica y todos los descalificativos que se quiera, convocatoria, instrumentó para sus fines un clima social que pasa inadvertido al oficialismo, a un gobierno y a una fuerza política empeñados en mirarse y en hablarse a sí mismos.

La legitimidad de origen

Frente a las objeciones se recuerda sistemáticamente el casi 55 por ciento de los votos obtenidos frente a un resto del mundo disperso y desunido. Es verdad que la democracia es el gobierno de las mayorías, pero ¡attenti! Esa clase de mayorías son efímeras y circunstanciales, sumamente volátiles y por esa razón requieren de una permanente atención y recreación. El 30 por ciento con aire a catástrofe que anunciaba el irremediable final del kirchnerismo del 2009, apenas dos años después se volvió un 55 por ciento que desconcertó completamente a la oposición. No fue magia sino la consecuencia de las políticas de redistribución y atención de las necesidades sociales, aplicadas en forma decidida recién con posterioridad a la derrota política contra los productores agrícolas del 2008 y a la electoral de 2009.

Pero así como los aciertos propiciaron ese sorpresivo incremento del 25 por ciento, con la misma velocidad, los errores los pueden disipar. Y es en ese sentido que la insistente apelación al porcentaje de votos obtenidos se vuelve un recurso de valor relativo y hasta contradictorio: las mayorías hay que conservarlas e incrementarlas no sólo cada dos años, sino cotidianamente. Los porcentajes obtenidos en una elección previa valen para la lucha legislativa, pero no son suficientes para la lucha por la opinión y el estado de ánimo. Por el contrario: a menudo son percibidos como una imposición aún por aquellos que con su voto contribuyeron a conformar esa mayoría. A nadie le gusta que refrieguen por la trompa un éxito que en muchos casos contribuyó a crear.

Es apenas algo probable que sea debido a la concentración del poder, la política y la palabra que el oficialismo se haya vuelto tan autorreferencial y autosuficiente, pero es seguro que la autorreferencialidad y la autosuficiencia provocan la pérdida del sentido de la realidad. De percibir el modo en que los distintos sectores sociales “sienten” la realidad. Para esto, hay que estar más atento a la base que a la cúspide. Hay que hacer las colas en la verdulería, viajar en transportes públicos, esperar en la consulta médica, escuchar sin descalificar, sin despreciar, sin simplificar lo que se percibe con argumentos lógicos y racionales: las sensaciones son sensaciones, por definición, ilógicas e irracionales, pero siempre constituyen un dato insoslayable de la realidad. La política no es el arte de negar la realidad ni descalificar las sensaciones sino el de transformarlas e instrumentarlas para fines lógicos y racionales. Para lo cual es preciso, en primer lugar, reconocerlas.

Pensamientos de importación

En el lenguaje se utilizan crecientemente términos originados en malas traducciones del inglés que acaban tergiversando su sentido en catellano. Para un caso, bizarro (valiente, gallardo, intrépido) ha tornado a significar “extravagante” por el inglés “bizarre”, o el “low profile” que alude a la altura de las siluetas en un radar, en el vulgarizado “bajo perfil” con que aburre la jerga periodística.

Esta falta de personalidad lingüística es también una falta de personalidad y de identidad política cada vez que se pretende trasladar a nuestra propia especificidad conceptos nacidos de realidades completamente diferentes, para el caso, “el síndrome del pato rengo” con que se alude en Estados Unidos a las dificultades de los presidentes de ese país durante los dos últimos años de su segundo mandato.

La realidad material, institucional y política norteamericana guarda poca o ninguna semejanza con la argentina, con lo que trasladar esa figura constituye un absurdo y alienta numerosos errores nacidos de la creencia de que, ante el impedimento constitucional de una nueva reelección, la autoridad presidencial pudiera diluirse. Sin embargo, ni en nuestro caso –ni en los de los países más afines– es el impedimento reeleccionario la causa de la disminución de la autoridad presidencial: no lo ha sido en nuestra experiencia inmediata cuando Néstor Kirchner anunció su negativa a presentar su candidatura para el 2007, ni cuando Lula hizo lo propio, señalando como su candidata a sucederlo a Dilma Roussef , ni suele ocurrir en Uruguay o Chile, países que no contemplan la reelección presidencial.

En nuestros países ocurre a la inversa que en Estados Unidos: de gozar de una verdadera legitimidad, tanto de origen como reafirmada en la práctica cotidiana, en la resolución de los problemas concretos del país y sus habitantes, el prestigio y el poder de un presidente no sólo no mengua ante el impedimento constitucional, sino que se acrecienta por la sola fuerza de las cosas: deja de ser un blanco móvil de las diversas oposiciones.
Esta inferioridad, esta pereza conceptual que lleva a transpolar la figura del “pato rengo”, sumada a la insistencia en perpetuar una estrategia política adecuada a otras circunstancias, ha llevado al oficialismo una operación político‑sicológica que se le ha vuelto en contra: la de evitar el mentado síndrome con la velada alusión a una reforma constitucional que habilitaría la reelección.

Lecciones del 49 y realidades nacionales

Por una común experiencia generacional y pertenencia política es difícil creer que la presidenta piense seriamente en esa posibilidad. Si hay algo en lo que los peronistas de su generación coincidimos, es en el modo en que la reelección de Perón diluyó la importancia de la reforma constitucional más trascendente de la historia argentina y cómo fue útil para que la reacción pudiera librarse de ella con tanta facilidad, en particular, de su artículo 40. De ser indispensable una reforma constitucional, de no poderse sortear mediante leyes específicas las trabas e impedimentos antinacionales de la actual Carta Magna, sería preciso que su convocatoria fuera obra de una mayoría de fuerzas políticas y excluyera taxativamente un tercer período presidencial consecutivo, ya que esta opción desnaturalizaría el sentido de la reforma tanto como la cláusula reeleccionaria contribuyó a restar legitimidad a la Constitución de 1949.

El remedio reeleccionista para aventar el síndrome del pato rengo se complementa y realimenta de la endémica a‑institucionalidad argentina y latinoamericana, que no obedece a nuestra natural perversidad “antidemocrática” sino a razones históricas. Para no entrar en explicaciones que dificultarían mucho la lectura de esta nota, admítase la afirmación de que en las semicolonias, en los países dependientes o “en vías de desarrollo”, las “instituciones” no son, como en los países “desarrollados”, consecuencia de un proceso previo de construcción nacional sino que, por el contrario, han sido instrumentos utilizados para impedir la organización nacional.

Es así, valga el ejemplo al paso, que se insiste en hablar de “instituciones de la república” cada vez que se pretende impedir a las mayorías representar el interés popular, en una deformación tal de las cosas que se confunde democracia con república y, al insistirse tan machaconamente en el derecho de las minorías políticas se acaba pretendiendo que la democracia (por definición, gobierno del pueblo) no es sino aristocracia, gobierno de las minorías y en consecuencia, su opuesto.

La necesidad de un o una líder

Esta deformación de la percepción política alienta la perpetuación de otro tipo de institucionalidad antipopular y en consecuencia antinacional, que es la del Estado en sí mismo, en las trabas e impedimentos internos que lo paralizan, y muy especialmente, de un sistema judicial, “garante de la constitucionalidad” que no es otra cosa que una secta oligárquica de naturaleza curial y espíritu clasista.

Es natural, entonces, que los movimientos nacionales tiendan a prescindir de “las instituciones de la república” (aun aquellos que apelaban a su “regeneración”, como el yrigoyenismo) y en su afán democratizador esbocen una nueva clase de institucionalidad cuyo primer paso es la concentración del poder, la política y la palabra en una sola persona, un líder o personalidad carismática.

La reiteración del fenómeno en distintos momentos del tiempo y en diferentes países latinoamericanos permite suponer que obedece a alguna lógica, que tiene razón de ser, y hace sospechar de su inevitabilidad. A la vez, la experiencia histórica demuestra que la aparente inevitabilidad de la personalización de los movimientos nacionales constituye su principal limitación y ha sido la causa frecuente de su fracaso.

¿Por qué decimos esto? Por lo que decíamos al principio, porque la personalización, la excesiva concentración del poder, la política y la palabra, invierte la dirección de la política, obtura la discusión, debilita las fuerzas propias, conforma una corte servil, absorta, pendiente de La Palabra y en consecuencia desatenta a la realidad, las distintas problemáticas que se presentan y al siempre variable humor y sensibilidad populares.

El fantasma de la reelección

En la actual realidad política argentina, la reelección presidencial es un fantasma que sobrevuela el discurso opositor, el oficialista y aun el oficial, nunca reafirmado y nunca desmentido. Es verdad que no puede desmentirse lo que nunca se afirmó, pero el kirchnerismo y hasta la propia presidenta juegan con la ambigüedad y el misterio, tal vez en un intento de sortear el “síndrome del pato rengo”, pero en los hechos ofreciéndole a las distintas oposiciones un factor de unidad, y a la dispersa irritabilidad de las clases medias, un inigualable punto de confluencia.

Por otra parte, en todos los mentideros oficialistas se secretea que la presidenta no desea ni aspira a un nuevo período, lo que de ser cierto, vuelve todo este asunto mucho más demencial.

Más allá de gustos y convicciones, la pregunta que corresponde hacer es si se cree realmente factible una convocatoria constituyente, y en tal caso, si por obra de las mayorías legislativas consigue declararse la necesidad de la reforma, la discusión acerca de una nueva reelección presidencial será factor de unidad y fortaleza de las fuerzas propias o lo será de las opositoras.

¿Será así o acaso se arriesgará a la presidenta a una dura derrota política? Una derrota que no consistirá en el fracaso de la reelección sino, por obra del mero paso del tiempo, en la mera percepción de que no se la pretende debido a la oposición que la idea hubiera desatado.

A este fantasma nunca confirmado ni desmentido, se añade una sistemática y descabellada sobreexposición presidencial que lejos de fortalecer el poder y el prestigio de la Presidenta lo debilita, volviéndola único sostén político, única voz pública de su gobierno, fusible de sí misma y centro de todos los ataques. Para utilizar una analogía de un destacado dirigente oficialista, se trata del intento de desembarco en una playa enemiga llevada a cabo por una multitud de intrascendentes y pequeños botes desarmados y, en medio de ellos, una gigantesca nave insignia, iluminada a pleno y blanco fácil del bombardeo enemigo.

El efecto bola de nieve

Lejos de las teorías que cifran en la lucha de clases o en los complots la marcha de la Historia, quien escribe sospecha que son la inercia y la estupidez las dos principales fuerzas que signan el destino de los asuntos humanos. Una cosa lleva a la otra y entre todas crean el efecto bola de nieve: basta arrojar descuidadamente una pequeña piedra desde la cima de una montaña para provocar lo que de a poco, casi imperceptiblemente, va tomando la forma de un alúd incontenible e incontrolable. Por eso, a veces es necesario parar en seco, pisar la pelota y levantar la cabeza para mejor calibrar el panorama, por más que la afición bufe, creída de que la mucha agitación, el movimiento inconducente, la actividad frenética, son sinónimo de avance y de progreso.

La persistencia en el tiempo y más allá de las circunstancias en una estrategia electoral que resultó exitosa pero que hoy suena anacrónica, la proverbial tendencia de los movimientos nacionales a la personalización, el irracional y muy prematuro temor al “síndrome del pato rengo”, la creencia de que se lo evita alentando el fantasma de la reelección, olvidando que el principal poder presidencial en el último tramo del mandato radica en su prestigio y su capacidad de señalar al sucesor con mayores posibilidades, están acentuando la sobreexposición presidencial y propiciando su desgaste en forma suicida.

Hay en este punto un agujero negro en el oficialismo que radica en su imposibilidad de objetivar un proyecto, de precisar sus objetivos y características y diferenciar lo principal de lo secundario. En ausencia de estas precisiones y profundizaciones, consecuencia de la discusión y el debate, se apela a la pertenencia, confundiendo proyectos con personalidades y la legítima e indispensable continuidad de un proyecto de reconstrucción nacional con la continuidad de grupos y círculos políticos.

Hay que cuidar a Cristina

El proyecto kirchnerista, aun con sus vacíos, imprecisiones y defectos, es vital para el país, y es el país y no un grupo político el que necesita de su continuidad. Parar la pelota es, en primer lugar, detenerse a distinguir las cosas, abrir los ojos y salir de las percepciones estrechas de los pequeños círculos. Luego, definir con mayor precisión, la imprescindible para la continuidad de los principales ejes, la naturaleza y alcances del proyecto, del “modelo nacional y popular”, para garantizar su supervivencia por medio de la continuidad de sus líneas principales.

Para esto, resulta indispensable cuidar, proteger la autoridad, el prestigio y la figura presidencial, preservarla de los ataques y la sobreexposición, pues serán esa autoridad y ese prestigio, de perdurar, las garantías de continuidad de un proceso. Si no se consigue diferenciar un proyecto de los grupos y personas que circunstancialmente lo encarnan, lo más probable será que la obcecada preservación de los grupos y personas acabe destruyendo las posibilidades y continuidad del proyecto que se aspira a defender.

Publicado originalmente en el Blog del Ingeniero, el 21/10/2012. Hacer click acá.