jueves, 31 de mayo de 2012

Perrone filma

Tríptico Raúl Perrone


por Martín Farina

(A propósito del Tríptico Raúl Perrone que está viéndose en el Cine Cosmos Uba este jueves, viernes, sábado, y domingo, en los siguientes horarios: a las 19:00 Luján, a las 20:30 Los actos cotidianos y a las 22:00 Al final, la vida sigue igual)

Amaneció el domingo 6 de mayo para mí en la casa de mi abuela, con el diario Herald sobre la mesa del comedor y La Nación a su derecha. Me senté y vi que Raúl Perrone era nota de tapa. Ese mismo día terminaba la presentación de Luján, la primera parte de su tríptico. Primero pensé que el personaje protagónico era una mujer, después supe, cuando estuve esa noche en la función del Cosmos, que era un hombre. Mayor, trabajador, solo, levemente acompañado por algunas creaciones propias y ajenas.

Con el inmediato antecedente de Las pibas en el último BAFICI, pensé que algo estaba pasando con Perrone para atraer el interés de, entre otros, un periódico en inglés. Vi la película. Tuve la posiblidad de conversar con él por teléfono en la radio esa misma noche, y un pensamiento suyo me sugirió la posibilidad de pensar por qué surgió esta grandísima película. Perrone hace mucho tiempo ya que se convirtió en un hombre que hace películas más allá de todo. Y todo es todo. Inclusive su propia voluntad. No porque alguna vez lo haya abandonado, sino porque pareciera ser esa misma voluntad de filmar la que aún hoy mantiene su cine al margen, depositario de cualquier contingencia en su contra. 

Perrone filma. El cine es su modo de vida, y de eso se habla en sus películas. Más allá de la universalidad cinematográfica de su obra, que podríamos discutir con cualquiera, Perrone será recordado como una personalidad dentro del cine, que hizo de este un callo de su piel. Tal vez nadie lo conozca nunca, pero será uno de esos márgenes obligados. Como un templo bombardeado por donde se cuenta que pasó Cristo o la virgen María alguna vez, y uno puede ir y sacarse fotos, o aprender algo nuevo, o las dos cosas.

¿Por qué Luján, ahora?

Dice Perrone (no cito textual), "yo no soy cineasta, yo hago películas, si tengo tos escupo películas, soy así... no tengo nada que ver con el mundo del cine, no voy a festivales, no viajo, no me interesa". Dice Perrone más adelante (más o menos textual), "Con el tiempo aprendí a abandonar el capricho, trato de ver qué es lo mejor para la película, para poder contar la historia, más allá de lo que yo piense o tenga ganas. Supongo que 75, 80 minutos es una duración perfecta para una película".

Y por esta pendiente se desliza el pensamiento de Perrone que puso a Luján unos pasos adelante de lo anterior: Luján es un hombre con el espíritu del conurbano, que vive como allí se vive y que está camuflado en este contexto. Tiene problemas por el trabajo, está viejo, no sé si aburrido, pero no quiere casi ver a su familia. 

Hasta acá Perrone. Pero Luján es también una abstracción con participación en algo más universal. Alguien que además habla de todo. Que hace pensar en lo hondo de la angustia, la nada de no saber, el silencio de los culpables, la inculpabilidad de la ignorancia, y el peso de la muerte anticipada. ¿Se puede dejar de amar todo? ¿Nos vamos a morir así, así nomás, ya está, se acabó? ¿Es realmente cierto que se acaba?

Si el capricho sirve para consolidar la fuerza necesaria para perder el miedo a ser lo que se quiere ser, abandonarlo significa que siendo solamente no alcanza, porque el mundo es más grande que nosotros y nos habla al oído todo el tiempo. Como diría el principe Gustavo Pena, en todo caso habría que saber escucharlo con atención, ver hasta dóonde se puede estirar la masa... cuál es la figura que se esconde en aquel trozo de madera. "No se puede ser un impostor de imposición". Porque las cosas en realidad no terminan nunca. Estamos de paso y hay que celebrarlo como sea, siempre.

A partir de este traspaso de mandos, Raúl Perrone nos trae una película para siempre, que despega del conurbano por su capacidad para imaginar el mundo entero. Cualquier mundo. Un mundo que gira con el rigor del cine como medida de la circunstancia. Que es una especie de metrónomo, y que hay que saber cuando es en corcheas y cuando en negras, con la magia de la improvisación como guia en los días de la vida.

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