domingo, 18 de octubre de 2009

18 de octubre


por Daniel Cholakian

Tal vez el primer contacto directo que tuve con el peronismo haya sido el 20 de junio de 1973. Hasta entonces había tenido noticias de segunda y tercera mano. Eran los relatos básicamente antiperonistas que circulaban en mi familia. La genealogía incluía, y sigue incluyendo aún, desde historias de abusos ocultos con las adolescentes de la UES hasta el congelamiento de los alquileres que sumió en la miseria a humildes propietarios, o las corrupciones eternas de gremialistas que tenían casas y queridas fastuosas, aun cuando mantenían las formas de una vida tradicional.

Pero ese miércoles 20 de junio de 1973 por la esquina de mi casa en caballito, desde la mañana muy temprano empezaron a pasar autos, camiones y micros escolares, bondis fuera de línea, y la avenida Directorio, por entonces doble mano, se hizo mano para Ezeiza de prepo nomás, de tanto negro que se iba a un aeropuerto, aeropuerto al que ni en pedo podría ir jamás a tomar un avión.

Yo recuerdo mi sorpresa y extraña algarabía, contagiada por tanta gente que soportaba esperar a paso de hombre esa larga peregrinación hacia la felicidad. Porque ninguna otra cosa sino la felicidad podía ser aquel viaje, que después, mucho después, sabría que fue un viaje de todos nosotros, y hacia abismos tan complejos que tendremos que trabajar mucho, ser muy pacientes y poco dogmáticos para entender lo que devino después de ese día.

Deberé decir, no sin un regusto amargo, que esa avenida Directorio solo se vistió nuevamente de camiones y morochos y bombos y festejos, en otro junio, un 25, un 1978, para un mundial que festejé esta vez con ellos, con los morochos en los camiones. Por gracias del destino, esa vez Directorio también fue mano única, pero justo en el sentido contrario. ¿Qué dibujará la historia con caminos de direcciones iguales pero sentidos contrarios?

Luego, mis contactos con el peronismo fueron muchos, desde la militancia universitaria y sindical, generalmente enfrentados, y desde la mirada ansiosa del que pretende aprender.



Dos elementos siguen pareciéndome centrales a la hora de pensar al peronismo. Tomen esto por favor como parte de una mirada y no como una explicación exhaustiva. Todo texto sobre el peronismo es incompleto y provisional. Mucho más una balbuceante columna radial.

Uno de ellos es la capacidad de poner la política en las calles, tanto para demostrar su capacidad ante los otros (para el peronismo siempre son los otros), como para hacerse cargo de sus enfrentamientos. Así como lo cotidiano político parece resolverse en lo oculto, en lo nunca dicho, en lo guardado en las altas paredes de un ministerio, la política gruesa del peronismo se hace pública. El peronismo resuelve sus cuitas en la calle. Se matan y se curan en salud en las veredas de las plazas, en las marchas, en los gritos, en la siempre perdida y siempre recuperada movilización popular. Aun con la retracción de la masividad, los momentos centrales de la discusión política siguen teniendo, dentro del peronismo, el espacio público como escenario. En algún sentido, esta condición de hacer de lo público su lugar sostiene la condición de central del peronismo en la política argentina.

El otro elemento radicalmente diverso del peronismo es su sentido trágico. El peronismo es lo trágico de la política argentina (…).



Lo trágico no es lo dramático, sino todo lo contrario. Aun cuando mi expresión es estrictamente errónea (en el ámbito de lo trágico no hay posibilidad de la política), cuando hablo de lo trágico me refiero a aquello que en función del mito fundante no puede dejar de suceder. El mito fundante suele ser de orden religioso. Lo trágico se sustenta en el mandato divino. Lo que es de origen divino es inevitable (Edipo va a matar a su padre y casarse con su madre, eso es trágico, no hay modo de evitarlo).

No tengo dudas de que el mito fundante de la política moderna en Argentina es el relato sobre el 17 de octubre de 1945. El peronismo es el hecho trágico de la política argentina, porque es lo que deviene del mito fundador de la modernidad política argentina. Sin que el ejercicio del poder se legitime en aquel mito fundante, sin que el ritual peronista consagre al príncipe, no puede ejercerse el poder en este país. Porque el poder es el orden. El peronismo garantiza el orden. Dije príncipe porque el rey, señores, es eterno: en este sentido Perón aun sin pensarlo lo deja claro en su discurso de ese día: “Que sea esta unidad (la de Perón y la masa sudorosa) indestructible e infinita”. Que sea infinita hace que ambos (pueblo y Perón) sean eternos. El pueblo es un concepto claramente atemporal. En esa operación de sentido, Perón se instala en la eternidad. Constituye allí esa relación con el pueblo, que es el actor central de la política moderna. Por lo tanto, sólo se podrá constituir un poder capaz de gobernar en tanto se instituya al conductor momentáneo, en el ritual que repita aquel mito original. Quién sea instituido momentáneamente como líder en la relación con el pueblo, recibiendo el mandato del eterno, será quien pueda ejercer el poder político.

Ahora bien, y mucho menos teóricamente, en nuestro país es común sostener en la actualidad que no hay posibilidad de gobernar si no es con el peronismo en el poder. Y esta afirmación sencilla, “los únicos capaces de gobernar son los peronistas”, es la mejor demostración de que el peronismo es lo trágico en la política argentina. Repito lo trágico no supone valores, es un modo de construcción de la realidad.

Finalmente podría decir que este ritual de institución del peronismo es lo que deja afuera la discusión por la “ideología” del mismo. Al peronismo no lo instituye su doctrina (aun cuando muchos quisieran asegurar eso), al peronismo lo instituyen sus rituales. Lo instituyen sus discursos fundantes, sus significantes originarios. Es por eso que lejos está el peronismo de ser un proceso anticipatorio de la posmodernidad. Nada de desaparición de los grandes relatos, nada de múltiples explicaciones para un mismo concreto. El peronismo se rearma cada 17 de octubre y en el corazón y el sentimiento de cada peronista.



Será por eso que tal vez muchos, que miramos desde abajo los camiones pasar hacia ese destino idílico aun cuando mortal, probablemente nunca nos subamos a esos camiones. Sin embargo, esto ni nos impide pensar al peronismo, ni juntarnos con ellos a tomar una ginebra y advertir que, en muchos casos, podemos pensarnos juntos en un país más feliz y posible.

3 comentarios:

liliana dijo...

Este texto es un lúcido intento de comprensión del peronismo, cuya complejidad sigue dando lugar a muchas preguntas

Pía dijo...

Muy bueno.

claudio Vernetti dijo...

Muy bueno Daniel!!!