jueves, 23 de abril de 2009

Diálogo con Nicolás Prividera sobre el film M



Nicolás Prividera: En un determinado momento decidimos junto con mi hermano encarar una causa judicial en relación con la desaparición de mi madre. Yo sabía que esa causa iba a ser lenta y difícil, así que quise emprender también una investigación personal. Y decidí filmar esa investigación, sin saber si el resultado iba a ser una película. Como antes ya había intentado una búsqueda que resultó frustrante, quería tener al menos el registro de esa frustración. Y en cierto modo eso fue lo que pasó: la investigación fue frustrante, si bien ahora sé mucho más de lo que sabía al comienzo, esa investigación sigue abierta, aunque la película como objeto esté cerrado.

Oscar Cuervo: Al comienzo de la película vas a consultar a varios organismos preguntando por tu madre, por los registros que pudiera haber. ¿Te metías directamente con la cámara, sin concertarlo previamente? ¿en algún lado tuviste dificultades por entrar filmando?

N.P.: Lo que sucedió es lo que se ve, donde hubo una dificultad se ve, y donde no, no. En general no la hubo. Por supuesto, en los organismos avisábamos antes por teléfono que íbamos a ir, pero la entrada se daba naturalmente. Entrábamos grabando y lo que se ve en la película son los encuentros tal como sucedieron. Esa era mi idea, tratar de registrar ese momento irrepetible, del que podían surgir situaciones muy ricas.

O.C.: También es llamativo que no hayas apelado a una voz en off, cosa que es muy habitual en este tipo de documentales.

N.P,: Hay una tendencia no sólo en el documental, sino en toda la cultura contemporánea, un exceso de primera persona, un exceso de intimidad. Si bien era necesario que yo estuviera, traté de ponerle un límite a mi aparición. La voz en off, en general, funciona cerrando el punto de vista del autor. Como yo sabía que iba a haber muchas preguntas sin respuesta, a mí me interesaba no responderlas. Si bien tengo mi punto de vista y en la película está, quería dejarle al espectador que sacara sus propias conclusiones. Y por eso quise ser un personaje más de la película.

O.C.: Pero hay por lo menos un par de intervenciones tuyas muy fuertes en la película: un monólogo a cámara bastante extenso, escuchado por tu hermano casi en silencio; y en los epílogos hay un discurso tuyo en el INTA, ante los compañeros de tu madre. ¿Se puede diferenciar allí al personaje Nicolás que aparece en cámara del realizador de M? ¿o lo que dice ese personaje es lo que el director piensa?

N.P.: Sí, los epílogos creo que funcionan de un modo bastante diferente al resto de la película. En ese caso hay una duplicación. Ese discurso final que yo decidí incluir en la película, en el que digo unas palabras ante un auditorio, duplica la situación del espectador de la película. Esas palabras tienen la intención de incitar a la acción, de que no sean meros espectadores.

O.C.: ¿Pero no te parece que eso puede conspirar contra el objetivo de estimular preguntas, que vos precisamente quisiste evitar mediante la renuncia a la voz en off? ¿No es contradictorio?

N.P.: Es probable, pero como la película dura dos horas y media, le he dejado al espectador dos horas y veinte de preguntas y quería de algún modo cerrar algunas. Tampoco ese discurso cierra la cuestión, no es un discurso que saque conclusiones, sino que pide un compromiso de quienes lo oyen.

O.C.: Una de las cosas que a mí más me interesan de M es que la voz, que decidiste que no fuera en off, es la voz encarnada de un personaje visible. Esta voz ya viene con una entonación, que se instala desde el comienzo. Es un tono de enojo. Una periodista te pregunta: ¿pero usted está enojado? Y vos contestás: "claro, ¡todos deberíamos estar enojados!".

N.P.: Sí.

O.C.: Esto, puesto al principio del film, tiene una función clave: este que habla es un hombre enojado. Ese enojo impregna toda la película.

N.P.: Sí, yo era conciente de eso y quise dejarlo explícito. Ahora creo que podría haber marcado la diferencia entre enojo e indignación. Porque el enojo siempre es personal y la indignación es pública, es ética. Uno se indigna ante la injusticia ajena. No necesariamente te tiene que afectar algo en lo personal para estar indignado. Yo sentía que esa pregunta por el enojo me reenviaba a ese lugar: ah, sos un chico con un berrinche, estás enojado. No, no se trata de eso, no es una cuestión personal, es algo que nos atañe a todos, a vos que me hacés la pregunta, no se trata de circunscribirlo a mi propia psicología.

O.C.: Pero no deja de ser una cuestión personal.

N.P.: No, es que en un punto... A ver: hay un enojo seguramente personal.

O.C.: Y ese es el que aparece en la película, encarnado en el Nicolás que se ve en la pantalla. La decisión de ser personaje acentúa la personalización y eso es para mí lo bueno de M.

N.P.: Pero también hay otra cosa: cuando digo “todos deberíamos estar enojados”, quise decir “todos deberíamos estar indignados”. Tal vez es imposible que todos nos enojemos igual si no nos toca personalmente la tragedia. Pero sí podríamos indignarnos.

O.C.: ¿Y qué le agregaría la indignación?

N.P.: La indignación tiene que ver con la capacidad de que te conmueva la injustica ajena, no la tragedia meramente personal. La ética se sustenta en eso: tiene que ver con un compromiso que uno asume como miembro de una comunidad. No solamente en su propia quintita.

O.C.: Pero lo que a mí me interesa de M es que, como espectador, esa indignación a la que querés incitar la película no me la trasmite. En cambio, me permite pensar sobre la indignación, sobre sus raíces personales y sus efectos políticos. La indignación que vos proclamás es un excelente disparador, pero también puede generar posturas defensivas o culposas en los que ven la película, adhesiones precipitadas de quienes no quieren quedar en el campo de los acusados. Ante una emoción imperativa uno puede adherir rápidamente sin haber aún comprendido, sin la reflexión necesaria para que trascienda lo personal y se politice.  

N.P.: Supongo que para cada espectador será una experiencia diferente. De hecho yo soy el primer espectador de la película. Me parece que lo que muestra es una indignación subterránea, no puesta en primer plano, no es una película gritada. Hay un crecimiento de esa indignación a medida que uno se va encontrando con puertas cerradas o con discursos focilizados, con la imposibilidad de avanzar en el esclarecimiento o en un debate interesante.

O.C.: Hay una frase interesante que vos expresás en un comunicado que sacaste hace poco, que dice: “Hay miles de militantes cuya historia (militante) es desconocida hasta pasa su familia”. ¿Por qué esa historia es desconocida hasta para su familia?

N.P.: Bueno, es una de las cosas que está puesta en cuestión por la película misma. En el caso particular nuestro, no sabemos muy bien cuál era la militancia de mi madre. A veces había mucha confusión por los silencios de la propia época, para protegerse, por miedos o lo que fuere. Entonces lo que hay son hipótesis o dudas, pero no una idea muy clara. Mi madre era militante de base, hacía un trabajo barrial, lo que se llama un trabajo de superficie, lo cual supone que había una organización más profunda, que en este caso vendría a ser Montoneros, que reclutaba a sus militantes en las organizaciones de superficie. Entonces la pertenencia de esos militantes muchas veces no era absolutamente clara. Había militantes que aparecían públicamente, otros no tanto y había una gama de grises, que podían ser simpatizantes, colaboradores, pero exactamente no sabemos cuál era su militancia dentro de Montoneros, si la había.

O.C.: Porque la dificultad que tienen muchos de los entrevistados para reconstruir, para recordar, tiene que ver con que, ya en el momento en el que los hechos ocurrían, la percepción no era clara. No es que ellos hayan querido olvidar, sino que recuerdan la misma confusión que en ese momento sentían. Vos lo decís: “militantes cuya historia es desconocida hasta para su familia”.

N.P.: Desde ya que hay una vieja frase de Marx que dice: “Los hombres hacen la historia en condiciones que desconocen”. Cuando uno está sumergido en su momento histórico difícilmente tenga la distancia para verlo claramente. Ahora, 30 años después me las cosas cambian y necesariamente uno tiene que tener algún tipo de claridad.

O.C.: No necesariamente, porque la vida ha seguido. No es necesario que se haya producido un corte que le haga decir a uno: “ahora veo las cosas claras”.

N.P.: Pero la distancia misma es un corte.

O.C.: Pero la indignación no ayuda a comprender esta pregunta: ¿por qué esto era desconocido hasta para sus familias? ¿Qué mecanismo hace que en el propio seno de las familias de los desaparecidos aún no se sepa bien qué hacían? ¿Qué ganamos con indignarnos si esta dificultad no parece aclararse?

N.P.: Indignación significa la posibilidad de accionar, de tener una acción pública en base a ese enojo y de algún modo poder producir algo, una respuesta, una pregunta, una obra, lo que fuere.

(Este diálogo se produjo en los estudios de FM La Tribu, en el programa Patologías Culturales, en otoño de 2007; es a esta conversación a la que Prividera se refirió recientemente en este mismo blog en estos términos: "Asì que opina todo lo que quieras (si es posible usa la sutileza que usaste en la nota, y no muestres la hiolacha como cuando fui a tu programa de radio)...".

1 comentario:

Pablo dijo...

Que te pasa, Cuervi, estas obsesionado?? Ya todos entendimos que tenés algo personal, no insistas.

Basta seguir todos tus "peros" (y hay unos cuantos) para ver el modo en que procedes a descalificar. Claro que sin el odio abierto que mostraste luego en el blog de Q y acá.